quim monzo i el discurs
El passat mes d'octubre, com ja deveu saber, la Cultura Catalana va ser la convidada a la Fira del Llibre de Frankfurt. Més enllà de la polémica sobre quí i quí no forma part de la cultura catalana, vaig veure (i llegir) el discurs inaugural a càrrec d'en Quim Monzó. I el vaig trobar tan bó, ben escrit, original, divertit i, en alguns moments, cínic, que he pensat posar-lo aquí per a gaudi dels centars de milers de lectors d'aquest blog. En general, a aquest acte d'inauguració el país convidat encarrega el discurs a la vaca més sagrada, que normalment és un vellet que no s'aguanta els pets, que fa un discurs protocolari i previsible i que gairebé no s'entén. Enguany els escriptors, editors, polítics i demés convidats vàren tributar un apoteósic aplaudiment d'un minut i mig de durada a en Monzó, qui va haver d'aixecar-se un parell de cops de la butaca ón havía anat a seure, per correspondre a l'ovació i als "bravos" que va deixar anar el públic. Val la pena sentir-lo o llegir-lo (o totes dues coses).
He posat el discurs original i la seva traducció al castellà.
Señoras y señores: Como nunca he pronunciado ningún discurso (y no sé si se me daría bien) les voy a contar un cuento. El cuento trata de un escritor (un escritor que siempre habla muy aprisa) que, un buen día, recibe la propuesta de pronunciar el protocolario discurso inicial de la Feria del Libro de Francfort. Ello sucede el año en que la cultura catalana es la invitada de honor. Pongamos que es en 2007. Antes de aceptar el encargo, el escritor en cuestión —catalán y, por lo tanto, gato escaldado— duda. Piensa: “Y ahora ¿qué hago? ¿Acepto la invitación? ¿No la acepto? ¿La declino con alguna excusa amable? Si la acepto, ¿qué pensará la gente? Si no la acepto, ¿qué pensará a su vez esa misma gente?” No sé como funcionan las cosas en otros países, pero les aseguro que en el mío la gente tiene tendencia a pensar muchas cosas, y a sacar muchas conclusiones. Si un día cuentas que, en la sastrería, mientras toma tus medidas el sastre te pregunta “¿Hacia qué lado carga usted?”, y tú contestas que hacia la derecha (o hacia la izquierda), la gente saca conclusiones. Si vas a la frutería y pides manzanas saca conclusiones. Y si pides naranjas, lo mismo. Hagas lo que hagas —cargues hacia la derecha o hacia la izquierda, compres manzanas o naranjas— la gente tiene un alto nivel de clarividencia. La gente es muy perspicaz y siempre deduce cosas, incluso ciudades que no aparecen en ningún mapa. Si das un paso hacia delante, ¿por qué no te quedaste quieto? Si te quedas quieto, ¿por qué no avanzaste? Pero sucede que el escritor en cuestión cree que no tiene que pedir perdón a nadie por sentirse parte de la cultura que ese año han invitado a Francfort; así que decide aceptar. Es evidente que no le van a proponer pronunciar el protocolario discurso inicial el año en el que la cultura invitada a la Feria de Francfort sea la turca, la vietnamita o la n’gndunga. Así pues, dice que sí, que lo va a hacer, y a continuación se sienta en una mesa, coge un bolígrafo y una libreta y empieza a calibrar qué es lo que va a decir. Se siente un poco perplejo. A lo largo de los tiempos, la bonanza nunca ha estado junto a la literatura catalana. Las lenguas y las literaturas no tendrían que recibir nunca el castigo de las estrategias geopolíticas, pero lo reciben, y mucho. Por esto le sorprende que un montaje como éste —la Feria de Francfort, dedicada a la gran gloria de la industria editorial— haya decidido invitar a una cultura con una literatura desestructurada, repartida entre diversos Estados en ninguno de los cuales es lengua verdaderamente oficial (a pesar de que haya Estado y medio que así lo proclamen, siempre que esa proclamación no moleste a los turistas, los esquiadores o los repartidores de butano). Por eso tiene dudas sobre la invitación a Francfort. ¿De golpe y porrazo el mundo se ha vuelto magnánimo con ellos, si tantos hay que los quieren perpetuamente periféricos? Recuerda, además, que en otro montaje literario —más nórdico y bastante más pomposo—, hace poco más de un siglo (en 1904), el jurado del Nobel de literatura premió a Frederic Mistral. Frederic Mistral no era catalán. Era occitano. La referencia sirve —no sólo porque algunos catalanes y occitanos se sienten próximos— sino porque el premio molestó tanto a los puristas de la Nación-Estado (“Soyez propre, parlez français!”) que nunca jamás otra literatura sin Estado ha vuelto a recibir un premio Nobel. Además de la sensación de perplejidad, el personaje de nuestro cuento tiene una sensación de justicia. Quizá “justicia” no sea la palabra exacta. Algo parecido, pues. A pesar de que —como ya se ha dicho— los avatares políticos nos han ido de forma que no invita a demasiadas alegrías, la literatura catalana es, claramente, una de las piedras fundacionales de la cultura europea. Ninguna literatura sin Estado de esta Europa (que ahora dicen que construimos entre todos) ha sido y es tan sólida, tan dúctil y tan continuada. ¿Tiene que mencionar todo esto en el discurso? Quizá podría empezar diciendo que la potencia inicial que hizo que la literatura catalana ocupara un lugar preferente en Europa durante la Edad Media nace con Ramon Llull (Raymundus Lullus, Raimundo Lulio, Raymond Llull, Raymond Lully: como prefieran ustedes). Ramon Llull era filósofo, narrador y poeta. Era mallorquín, de esa Mallorca convertida hoy en día en un ‘Bundesland’ geriatrico-turísto alemán. Nacido mucho antes que los ‘tour operators’, los vuelos de bajo coste y la ‘balearización’ dictaran las normas de vida en esas costas, cientos de años antes de la llegada de Boris Becker y de Claudia Schiffer, en pleno siglo XIII Ramon Llull estructuró una lengua coherente y rigurosa, la misma lengua en la que, de manera vibrante y corrompida, hablamos y escribimos todavía en la actualidad. Pero al escritor le asaltan otras dudas. Puesto que va a hablar en Francfort, ¿tendría que ilustrar su discurso con detalles que pudieran ser del interés de los germanohablantes? ¿Tendría que mencionar al Archiduque Luis Salvador de Austria-Toscana, ‘S’Arxiduc’? ¿Tendría que mencionar al señor Damm y al señor Moritz, cerveceros de tierras germánicas y fundadores de algunas de las marcas de cerveza que los catalanes aún tomamos hoy en día? Si así lo hiciera seguro que le llamarían frívolo, y eso aún le empuja más a hacerlo. Ya puestos, podría mencionar al señor Otto Zutz, gran oftalmólogo —“diplomado en España y Alemania”— que ha terminado por dar nombre a una espléndida discoteca de Barcelona y que, en vida, graduaba la vista de muchos barceloneses. De algunos miembros de la familia del poeta Carles Riba, por ejemplo, según explica su nieto —Pau Riba, también poeta, además de cantante— en el texto que acompaña a su disco “Dioptria”. Tampoco sabe si debería citar los nombres de los más grandes que han configurado el hilo literario que llega hasta hoy: Bernat Metge, J.V. Foix, Narcís Oller, Anselm Turmeda, Joan Brossa, Joanot Martorell, Llorenç Villalonga, Jordi de Sant Jordi, Jaume Roig, Josep Carner, Jacint Verdaguer, Isabel de Villena, Josep Maria de Sagarra, Àngel Guimerà, Santiago Rusiñol, Joan Maragall, Eugeni D’Ors, Josep Pla, Joan Sales, Mercè Rodoreda... Y ¿tendría que hacerlo de forma amontonada o los tendría que mencionar por orden cronológico? ¿O quizá sería preferible no citar a ninguno? Citar todos estos escritores (la mayoría de ellos desconocidos por el mundo literario que revolotea por Francfort) ¿no hará que los asistentes a la ceremonia de apertura de la Feria del Libro se aburran al escuchar nombres que les suenan más bien poco? ¿No les incitará a mirar el reloj mientras piensan: “¡Qué rollo, este hombre!”? Por eso decide que no va a nombrar a ninguno (aunque, de hecho, ya los haya nombrado durante el mismo proceso de dudar si los tiene que nombrar o no). Además, por lo que ha leído, en la Feria del Libro habrá una exposición que hablará de ello. Aunque —seamos sinceros— ¿cuántos de los asistentes a este acto inaugural van a visitar después esa exposición con un interés no meramente protocolario? Seamos sinceros y optimistas: muy pocos. A pesar de que se trate de una Feria del Libro y los escritores más desconocidos sean precisamente los que tendrían que excitar las ganas de leer de los interesados en descubrir maravillas literarias y no en dejarse llevar simplemente por el tam-tam comercial de lo que toca en cada momento. Pero, cuanto más piensa en ello, menos se imagina como tendría que ser su discurso. Teniendo en cuenta que mucha gente tiene del mundo una idea preconcebida, a partir de la geometría actual del poder político-cultural, quizá podría contar que, en Europa —desgarrado ya el latín en lenguas vulgares—, el primer tratado de Derecho fue el catalán “Consolat de Mar”, por el cual se rigieron las relaciones marítimas en el Mediterráneo. Quizá podría añadir que algunos de los primeros tratados europeos sobre medicina, dietética, filosofía, cirugía o gastronomía se escribieron también en lengua catalana. Pero, ¿servirían de algo tantos datos? ¿Qué es lo que otros escritores han dicho en anteriores discursos inaugurales de esta misma Feria? El escritor busca entonces algunos de esos discursos iniciales y los lee. Casi siempre, en esos discursos, se da una gran exaltación de la cultura propia, y ve que siempre (en cada caso es lo mismo) a quien no pertenece a la cultura exaltada los discursos le suenan vacíos, como el murmullo del agua que corre río abajo sin que nos percatemos. Son discursos al estilo del que, durante la dictadura franquista, pronunció en Nueva York, en la sede de las Naciones Unidas, el violonchelista Pau Casals. Fue un discurso que emocionó a los catalanes con la misma intensidad con la que dejó indiferentes al resto de los habitantes del planeta: “I am a Catalan. Today, a province of Spain. But what has been Catalonia...?”: “Soy catalán. Cataluña es hoy en día una provincia de España, pero ¿qué fue Cataluña? Cataluña fue la nación más grande del mundo. Les diré por qué. Cataluña tuvo el primer Parlamento, mucho antes que Inglaterra. Cataluña tuvo las primeras Naciones Unidas...” También ve que otros escritores que han pronunciado discursos iniciales en la Feria del Libro han intercalado poemas. Quizá también él lo haga. Podría, por ejemplo, leer el trabalenguas que un día (en una fenomenal parodia de discurso militar) recitó el grandísimo Salvador Dalí, como si se tratara de la poesía más excelsa del mundo:
Era una gallina pinta, pipiripinta, gorda, pipirigorda, pipiripintiva y sordaque tenía tres pollitos pintos, pipiripintos, gordos, pipirigordos, pipiripintivos y sordos.
Si la gallina no hubiera sido pinta, pipiripinta, gorda, pipirigorda, pipiripintiva y sorda,
los pollitos no hubieran sido pintos, pipiripintos, gordos, pipirigordos, pipiripintivos y sordos.
De hecho, si el discurso es parte de un ritual y, como en todos los rituales, lo que realmente importa es la forma, el protocolo, la americana, la corbata (o la ausencia de corbata), ¿importa mucho lo que uno dice exactamente? ¿En una ceremonia religiosa en una lengua muerta (una misa en latín, por ejemplo), es importante que los fieles no entiendan el texto? Aún más: ¿hace falta decir algo en concreto? Los políticos son hábiles malabaristas, y por eso sus discursos resultan ejemplares: repletos de palabras-comodines que, con gran maestría —para parecer gente responsable—, aplican en el momento justo aunque, de hecho, se las acabe llevando el viento: letras que forman sílabas que forman palabras para cubrir el expediente.
En un disco, ese músico fenomenal que es Carles Santos grabó hace años una pieza espléndida que consiste en una mezcla de declaración de amor y discurso de político. Se trata de un texto donde las vacuidades y las promesas se sustituyen por una repetición constante de la palabra “Sargantaneta”, aliñada con adjetivos exaltados. (“Sargantaneta” —lagartijita— es el nombre de su barca de pesca). Entonces, ¿no sería un texto lleno de palabras-comodines, de ‘lagartijitas’, el discurso ideal para un acto como el de la inauguración de la Feria del Libro? Un texto tan abstracto y tan vacío que, sin cambiar ni una frase, pudiera utilizarse también en cualquier otro tipo de acto: literario, deportivo, cinegético o filatélico. Que tanto sirviera para presentar un libro de poesía lírica como para inaugurar una línea ferroviaria. Un discurso tan ambiguo que fuera todo ritmo —¡ritmo, ritmo!— pero que en el fondo no tuviese sentido alguno.
Todo esto es lo que el escritor que siempre habla muy aprisa (y que, un buen día, recibe la propuesta de pronunciar el protocolario discurso inicial de la Feria del Libro de Francfort) duda si tiene o no que decir. Duda a su vez si —si lo dice— le van a escuchar con atención. En caso de que fuera así, duda también si van a entender qué quiere explicar exactamente. También piensa que, de hecho, podría decir cualquier otra cosa (sin que en el fondo cambiase nada) si, en el resto de detalles, cumpliera a rajatabla con el ceremonial. Una de cuyas particularidades importantes es, por cierto, el tiempo. Y eso sí que lo tiene claro: cuando llegue el momento de acabar —el máximo de minutos estipulados son quince— mirará su reloj [mira su reloj] y dirá:
—Nada más. Muchas gracias. Buenas tardes.
Traducción de Maribel Vidal.


Senyores i senyors,
Com que de discursos no n’he fet mai (i no sé si en sabria) els explicaré un conte.
El conte va d’un escriptor que sempre parla molt de pressa i que per aquest motiu sovint s’entrebanca. Doncs a aquest escriptor, un dia —l’any que la cultura catalana n’és la convidada— li proposen de fer el discurs inicial de
Abans d’acceptar l’encàrrec, l’escriptor en qüestió —català i, per tant, gat escaldat— dubta. Pensa: “I ara ¿què faig? ¿Accepto la invitació? ¿No l’accepto? ¿La declino amb alguna excusa amable? Si l’accepto, ¿què en pensarà la gent? Si no l’accepto, ¿què en pensarà també la gent?”
No sé com van les coses a d’altres països, però els asseguro que al meu la gent té tendència a pensar moltes coses, i a treure moltes conclusions. Si un dia expliques que, quan vas a cal sastre, l’home, mentre et pren les mides, pregunta: “¿Cap a quina banda carrega vostè?”, i tu contestes que carregues cap a la dreta (o que carregues cap a l’esquerra), la gent treu conclusions. Si vas a la fruiteria i demanes pomes treu conclusions. Si demanes taronges també en treu.
Facis una cosa o facis l’altra (carreguis cap a la dreta o cap a l’esquerra, compris pomes o taronges) la gent té un alt nivell de clarividència. La gent és molt perspicaç i sempre dedueix coses, fins i tot ciutats que no són a cap mapa. Si fas un pas endavant, malament per no haver-te quedat quiet. Si et quedes quiet, malament per no haver avançat.
Però passa que l’escriptor en qüestió creu que no ha de demanar perdó a ningú per sentir-se part de la cultura que aquell any han convidat a Frankfurt; de manera que decideix acceptar. És evident que no l’hi proposaran pas —fer el protocol·lari discurs inicial— l’any que la cultura convidada a
Una mica, se sent perplex. Al llarg dels temps, la bonança de la història no ha estat al costat de la literatura catalana. Les llengües i les literatures no haurien de rebre mai el càstig de les estratègies geopolítiques, però el reben ben fort. Per això el sorprèn que un muntatge com aquest —
Per això té dubtes a propòsit de la invitació a Frankfurt. ¿De cop i volta el món s’ha tornat magnànim amb ells, quan n’hi ha tants que els volen perpètuament perifèrics? Recorda, a més, que, en un altre muntatge literari —més nòrdic i bastant més pompós—, ara fa poc més d’un segle (el 1904) el jurat del premi Nobel de literatura va premiar Frederic Mistral. Frederic Mistral no era català. Era occità. Però la referència serveix —no sols perquè alguns catalans i alguns occitans se senten a prop— sinó perquè el premi va molestar tant els puristes de
A més de la sensació de perplexitat, el personatge del nostre conte té una sensació de justícia. Potser “justícia” no és la paraula exacta. Alguna cosa semblant. Tot i que —com s’ha dit— als catalans els avatars polítics ens han anat d’una manera que no convida a gaire alegries, la literatura catalana és, clarament, una de les pedres fundacionals de la cultura europea. Cap literatura sense Estat d’aquesta Europa (que ara diuen que construïm entre tots), no ha estat ni és tan sòlida, tan dúctil i tan continuada.
¿Ha d’explicar tot això, en el discurs? Potser podria començar dient que la potència inicial que va fer que la literatura catalana tingués lloc preferent a Europa durant l’Edat Mitjana neix de Ramon Llull (Raymundus Lullus, Raimundo Lulio, Raymond Llull, Raymond Lully: com els agradi més). Ramon Llull era filòsof, narrador i poeta. Era mallorquí, d’aquesta Mallorca avui esdevinguda un "bundesland" geriàtricoturístic alemany. Nascut molt abans que els ‘tour operators’, els avions de baix cost i la ‘balearització’ dictessin les normes de vida d’aquelles costes, centennis abans de l’arribada de Boris Becker i de Claudia Schiffer, en ple segle XIII Ramon Llull va estructurar una llengua travada i rigorosa, la mateixa llengua en la que, de manera vibrant i corrompuda, encara parlem i escrivim ara.
Però l’escriptor té altres dubtes. Ja que ha de parlar a Frankfurt, ¿ho hauria d’amanir amb detalls que poguessin interessar els germanoparlants? ¿Hauria d’esmentar l’Arxiduc Lluís Salvador d’Àustria-Toscana, S’Arxiduc? ¿Hauria d’esmentar el senyor Damm i el senyor Moritz, fundadors d’algunes de les marques de cervesa que els catalans encara bevem ara? És evident que, si ho fes, li dirien frívol, i això encara l’impel·leix més a fer-ho. Ja posats, podria esmentar el senyor Otto Zutz, gran oftalmòleg —“diplomat a Espanya i Alemanya”— que ha acabat donant nom a una esplèndida discoteca de Barcelona i que, en vida, graduava la vista de molts barcelonins. D’alguns membres de la família del poeta Carles Riba, per exemple, segons es desprèn del que el seu nét —Pau Riba, també poeta i, a més, cantant— diu al text que acompanya el disc “Dioptria”.
Tampoc no sap si hauria de citar els més grans dels que han configurat el fil literari que ens du fins avui: Bernat Metge, JV Foix, Narcís Oller, Anselm Turmeda, Joan Brossa, Joanot Martorell, Llorenç Villalonga, Jordi de Sant Jordi, Jaume Roig, Josep Carner, Jacint Verdaguer, Isabel de Villena, Josep Maria de Sagarra, Àngel Guimerà, Santiago Rusiñol, Joan Maragall, Eugeni d’Ors, Josep Pla, Joan Sales, Mercè Rodoreda...
¿O potser seria millor no citar-ne cap?
Citar tots aquests escriptors (la majoria desconeguts pel món literari que es belluga per Frankfurt) ¿no farà que els assistents a la cerimònia d’obertura de
Però, com més hi rumia, menys clar veu com hauria de ser el discurs. Ja que molta gent té del món una idea feta a partir de la geometria actual del poder políticocultural, potser podria explicar que, a Europa —esqueixat ja el llatí en llengües vulgars—, el primer tractat de Dret va ser el català “Consolat de Mar”, pel qual es van regir les relacions marítimes al Mediterrani. Potser podria afegir que alguns dels primers tractats europeus de medicina, dietètica, filosofia, cirurgia o gastronomia eren també escrits en llengua catalana.
Però, ¿tantes dades servirien gaire de res? ¿Què han dit altres escriptors en anteriors discursos inaugurals d’aquesta mateixa Fira? -L’escriptor busca aleshores alguns d’aquests discursos i els llegeix. En tots hi ha una gran exaltació de la cultura pròpia, i veu clar que, sempre, a qui no pertany a la cultura exaltada tots aquests discursos li sonen distants, com la remor de l’aigua que va riu avall sense que hi parem atenció.
Són discursos a l’estil d’aquell que, durant la dictadura franquista, va fer a Nova York, a les Nacions Unides, el violoncel·lista Casals. -Va ser un discurs que va emocionar els catalans amb la mateixa intensitat que va deixar indiferents la resta d’habitants del planeta: “I am a Catalan. Today, a province of Spain. But what has been Catalonia?...”:“Sóc català. Catalunya avui és una província d’Espanya, però ¿què ha estat Catalunya? Catalunya ha estat la nació més gran del món. Us explicaré per què. Catalunya va tenir el primer Parlament, molt abans que Anglaterra. Catalunya va tenir les primeres Nacions Unides...”
També veu que altres escriptors que han fet discursos inicials a
“Una polla xica, pica, pellarica, camatorta i becarica
va tenir sis polls xics, pics, pellarics, camatorts i becarics.
Si la polla no hagués sigut xica, pica, pellarica, camatorta i becarica,
els sis polls no haguessin sigut xics, pics, pellarics, camatorts i becarics”.
De fet, si tot discurs és part d’un ritual i, com en tots els rituals, el que importa realment és la forma, el protocol, l’americana, la corbata (o l’absència de corbata), ¿importa gaire què s’hi diu exactament? ¿En una cerimònia religiosa feta en una llengua morta (una missa en llatí, per exemple), importa gaire que part dels fidels no entenguin el text? Encara més: ¿cal dir res en concret? Els polítics són grans malabaristes, i per això els seus discursos són exemplars: plens de paraules-comodins que, amb gran mestria —per quedar com a gent responsable—, apliquen en el moment just encara que, de fet, siguin fum i prou: lletres que formen síl·labes que formen paraules per cobrir l’expedient.
Aquest músic fenomenal que és Carles Santos va gravar fa anys una peça esplèndida que consisteix en una barreja de declaració d’amor i discurs de polític. És un text on les vacuïtats i les promeses han estat substituïdes per una repetició constant de la paraula “Sargantaneta”, adobada amb adjectius exaltats. (“Sargantaneta” —“Sagrantaneta”— és el nom de la seva barca de pesca.) ¿No seria, doncs, un text ple de paraules-comodins, de “sagrantanetes”, el discurs ideal per un acte com el de la inauguració de
Tot això és el que l’escriptor que sempre parla molt de pressa, que per aquest motiu de vegades s’entrebanca (i a qui un dia li proposen de fer el discurs inicial de
Res més. Moltes gràcies. Bona tarda.
QUIM MONZÓ

sr. lobo dijo
Que decir de Quim Monzó?....¿ademas de que le he servido cafe en el bar?, pues resumiendo....que como escritor me encanta (sobretodo porque lo que escribe es corto, rapido y magistral (lo bueno si breve....)), que me encantaria conocerlo en persona pero a su vez me pone nerviosisimo verlo con todos esos tics. en definitiva, que es muy bueno
3 Marzo 2008 | 10:00 PM